Un trabajo bien hecho

Quiero empezar esta reflexión hablando de alguien a quien admiro mucho. Es el pescadero del mercado de barrio al que voy habitualmente. No sólo usa con una maestría absoluta las herramientas, trabajando el pescado como si manipulase fina seda oriental, sino que nunca pierde la sonrisa y alegra el día siempre a sus clientes.

¿Por qué nos resulta tan extraño leer que un profesor de universidad como yo admire tan abiertamente a un pescadero? Parece que esta sociedad ha organizado las profesiones en una suerte de “ranking” en el que es imposible admirar las profesiones que quedan por debajo de las de uno en esa clasificación*.

Por eso he querido escribir este artículo. Porque para mí, un pescadero que hace bien su trabajo y que produce en los demás alegría y admiración está al mismo nivel que una estrella del fútbol, aunque éste último, por su posición, llegue a más gente.

Los primeros puestos de ese ranking mundial de profesiones parecen estar ocupados por jóvenes, ricos y guapos: estrellas del deporte, cine y música. Es un modelo tan inalcanzable que hasta a Cristiano Ronaldo le gustaría ser como Cristiano Ronaldo. ¿Por qué? Porque su vida, en lo concreto, no es tan glamourosa como el ideal que se nos vende. Les animo a ver cualquier documental sobre una estrella del rock o del cine para comprobarlo.

"El aguador de Sevilla" Diego Velázquez (1620)

“El aguador de Sevilla” Diego Velázquez (1620)

Ese ideal tan imposible de trabajo perfecto, automáticamente degrada al resto de trabajos a aquellos con los que nos conformamos para sobrevivir en nuestras vidas de serie B. Como mucho, la sociedad nos deja aspirar a profesiones que siempre han tenido cierto prestigio, como médico por ejemplo. Pero aun siendo un buen médico de familia, la sociedad no deja que te relajes: tienes que ser el mejor cirujano cardiovascular del mundo para además ser feliz (¡el Cristiano Ronaldo de los médicos!). Y ni aun así. Por eso es infinitamente sencillo estar frustrados por nuestro trabajo: muchas horas, poco glamour y poco dinero es la combinación habitual.

Sin embargo, la sociedad nos da una vía de escape que es socialmente bastante aceptada: rendirnos y asumir que nuestro trabajo no nos tiene por qué gustar y que nuestra vida empieza una vez salimos del trabajo cada día. Yo lo llamo diosificación del tiempo libre. Y la diosificación del tiempo libre lleva muchas veces a la obsesión por conseguir más dinero (que nos permite hacer más o mejores cosas en nuestro tiempo libre) y al consumo masivo. Una ecuación perfecta: ¿cuánta gente se va de compras como “terapia”?

Pero hay otros caminos. La satisfacción de un trabajo bien hecho para mí es insuperable. Sea cual sea la profesión, la realización del trabajo con profesionalidad y pasión, con la ambición de superarse y querer hacerlo cada vez un poco mejor, hace que el que lo realice y el que lo recibe estén más satisfechos y más felices.

¿Una prueba? Si al ir a realizar una complicada gestión en la administración nos atienden con celeridad y profesionalidad, no digo ya con simpatía, nos vamos de allí con una sonrisa de oreja a oreja, comparable con la alegría que nos puede producir escuchar una canción que nos gusta. Sí, una persona que trabaja en la administración y hace bien su trabajo es capaz de hacer un poquito más feliz a muchas personas al día. Como una estrella del rock.

Claro, si estás en una profesión que no te gusta porque has estudiado para otra cosa, no es tan fácil. Pues no, no lo es, pero se pueden aplicar las mismas normas. Estar motivado y querer hacer bien tu trabajo día a día no es incompatible con perseguir tus sueños y luchar por acabar trabajando para lo que crees haber nacido.  Yo creo que un trabajo bien hecho siempre va a redundar en algo positivo, aunque no sea de forma inmediata y directa (dos términos demasiado importantes en el S. XXI). La otra opción es conformarse, cumplir (más o menos) y diosificar el tiempo libre.

Por todas estas razones, quiero dedicar esta entrada a todos los que, cada día, realizan su trabajo con dedicación, pasión y profesionalidad, sean pescaderos, camioneros, profesores o estrellas del rock. Ellos hacen del mundo un sitio mejor, más amable, más humano y más feliz.

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* Ese “ranking” se ve divertidamente alterado por el dinero. Si un pescadero gana 8000 euros al mes, pasa a ser un “emprendedor con éxito” y sube muchos puestos en la clasificación.

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