Ícaro (#microrrelato)

¡En esta casa no se admiten tragasables! – gritó el padre enfurecido mientras, en medio del salón, Ícaro intentaba desesperadamente conseguir su aprobación con un número improvisado con aquel cuchillo jamonero mangado de la cocina de Camelia.

Huelga decir que no lo consiguió. No corren buenos tiempos para los artistas – musitó mientras paseaba solitario de vuelta a casa.

Era la tercera vez – ¡tercera! –  en un año que había tenido que soportar semejante deshonra. Los padres de Camelia no le aceptaban, no comprendían su arte… ¡como si fuese un burdo equilibrista!  Esos borrachines eran los más suertudos, todo el mundo los tenía como héroes, pero, ¡qué va! Iban tan pedo en la cuerda que nunca se acordaban cómo habían llegado hasta el otro extremo.

Tenía que diseñar un plan, un plan de los buenos para impresionar al padre de Camelia.

Un momento… ¿y si me tragara el sable encima de una cuerda de equilibrista? Joder, eso es total – se dijo viniéndose arriba – así verá que de verdad soy un héroe con talento, ¡y sin ir trompa!

funambulista

Ícaro organizó meticulosamente la puesta en escena; una cuerda de escalador tendida entre los dos edificios vecinos al de Camelia le valdría como escenario. Una noche, con el sigilo de un gato, consiguió fijar ambos extremos a las cornisas y tensar la cuerda para que soportase su peso.

Al día siguiente, a la hora de la comida, convocó su público (Camelia, su padre, su madre y sus cuatro hermanos pequeños) mediante un altavoz de mano. Bueno, a ellos y a tropecientos vecinos que alucinados salieron a ver qué era aquel circo.

¿Qué coño quiere este imbécil ahora?- declamó al cielo el padre abandonando de mala gana las judías con chorizo de la comida mientras seguía a su familia hacia la calle.

¡Damas y caballeros! Para todos ustedes (pero especialmente para los padres de Camelia) venido desde las profundidades del suburbio más profundo, el increíble Ícaro, ¡el tragasables volador! – Aplaudió él solo, como no podía ser de otro modo.

Camelia no sabía dónde mirar y dónde no mirar, pero los demás estaban absortos mirando al artista.

Ícaro comenzó a andar la cuerda con buen ritmo, gustándose, equilibrándose con el sable hasta que, poco más de medio camino un vistazo al suelo le hizo recordar porqué no se había metido a equilibrista, ¡tenía vértigo!

¡Me cagüen la leche! – gritó mientras intentaba agarrarse a la cuerda sin soltar el sable. Se retorció tan extrañamente que quedó colgado de una mano con el sable en la otra.

El público estaba histérico, los hermanos de Camila se abrazaban unos a otros cerrando los ojos. Hasta la policía y los bomberos tuvieron el detalle de desconectar la sirena.

En un momento de inspiración, Ícaro intentó tragarse el sable, pero erró, cortándose el cinturón y dejando sus gayumbos blancos de los 80 a la vista del entregado público.

¡Un payaso! – gritó un niño, estallando en carcajadas seguido por la multitud.

Allí colgado, Ícaro se quedó con una cara de pánfilo sin saber qué hacer mientras todos reían. Todo cambió cuando vio al padre de Camelia reír.

¡Eso es! –pensó.

Y así acaba el show de Ícaro, el payaso funambulista –gritó dejándose caer en la lona de los bomberos, con una sonrisa en los labios.

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