La silla (relato)

¡Esa silla nunca será tuya, Javier! ¡Olvídalo ya, por favor! ¡Tu propuesta es inaceptable! ¡Es puro y duro chantaje! – dijo Mario furibundo ante la mirada de Javier.

Te equivocas, una vez más. No tienes ni puta idea. No me extraña que todo el mundo piense que colocaste tu gordo trasero en el Consejo porque tu tío es el director de ventas. Eres patético, Mario. Olvida mi propuesta, ¿quieres? – soltó Javier con cara de asco.

Luego, dejando de lado a un boquiabierto Mario, abandonó el bar con un pitillo en la boca y un mechero que ascendía para saludarlo. La combustión se produjo justo en el linde de la puerta, malogrando el reproche que el camarero tenía en la bandeja de salida.

Esa maldita silla – murmura – será mía. No tendrán más cojones que admitirme en el consejo de dirección si no quieren que airee lo de aquel asunto de Valencia. No tienen elección. Estamos todos pringados.

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Una semana después, Javier contemplaba el edificio de la empresa antes de comenzar – tarde, para variar – su jornada laboral. Piensa,  entre volutas de humo y tarareos de “My Way” de Sinatra, en lo que le va a decir al consejo delegado. Después del chasco de Mario – puta nenaza – no le quedaba más que hablar directamente con él. Le haría ver lo delicada que era la situación, ya sabes: la prensa, el impacto sobre los inversores, la imagen de la compañía. Ya que la mierda estaba repartida, era justo que también lo estuviese el oro.

Apuró el cigarrillo, lo tiró al resplandeciente suelo de mármol de la entrada al edificio y lo pisó con convicción, rematándolo con un giro seco de tobillo. Entró por la puerta giratoria, saludó con un “¡Chati, qué guapa estás hoy!” a la recepcionista y se dirigió al ascensor.

Cuando llegó a la planta 7, notó el ambiente raro. Todo el mundo cuchicheaba en corros y le lanzaban miradas disimuladas.

Ah, bien, bien – pensó – Pues parece que mi conversación con Mario no fue tan mal. Seguro que por fin ha persuadido al consejero delegado y ahora todos saben que yo ocuparé la silla vacía.

– Señor, Don Enrique quiere verle lo antes posible – dijo la secretaria del director, situada detrás de él.

Lo sé, lo sé, yo también quería verlo, preciosa. No podría esperar ni un minuto más – sonrió triunfante Javier.

Entraron en el despacho y tomó asiento sin pedir permiso – ¿para qué?- Don Enrique levantó la mirada de la mesa y sonrió.

– ¡Javier! ¡Qué rápido has venido! Mejor, prefería darte yo en persona la noticia. Te quiero dar la enhorabuena por tu sinceridad a la hora de hacernos llegar tu propuesta, Mario me lo contó todo enseguida. A partir de ahora, no tienes que preocuparte por nada. Mientras venías te hemos quitado todos los accesos y nuestros hombres acaban de requisar todos los ordenadores y discos duros de tu casa. Nuestro departamento informático ha vaciado hace unos minutos tus cuentas personales y profesionales, chats, foros, perfiles y archivos en la nube. La paliza nos la reservamos por si hay algo que se nos haya olvidado con las prisas. Ahora sabes todo y no puedes demostrar nada. Querías la silla….pues ahí tienes la puerta.

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